viernes, 22 de enero de 2010

Boda

Siempre he soñado con casarme de blanco, con un gran escote, volantes... Pero es tan difícil besar a un hombre.

domingo, 17 de enero de 2010

Ellas

Bea tiene el pelo fino como la arena y ojos de estrella, pero el sábado nunca cae en sábado.
Geni no tiene raíces y está clavada a un árbol. Geni se desangra, pero no tiene corazón de poeta.
Jimena es como la música, se funde con el aire y es capaz de la magia.
Alicia pertenece al pasado. Somos tan diferentes como siglos distintos; pero la estoy esperando.
Dora es como el río, pero no puedo seguir aplaudiendo.
Esther, yo protegí tu frente, pero no pude proteger tus oídos. No quisiste creerme.
María tiene una voz silenciosa, y más dientes de los que le pueden caber. Sus labios son tan finos que parecen crujir bajo los míos.
Raquel es rubia y parece siempre a punto de irse. Marta también es rubia y parece siempre que estuvo ahí.
Ana ensancha ríos, se deja llevar y muere como una florecilla.
Laia sabe moverse. Te daña de un modo irreparable.
Juana tiene la cara de un espejo. Yo nunca he sabido compararme con los demás.
Gise me es familiar desde el primer momento y aún así una sorpresa. Un estremecimiento como una verdad absoluta.
Joanna es como una visita; se bebe el café, come las pastas y no volveré a verla.
Silvia es verdaderamente natural, como si naciera cada noche. Pero usamos las palabras y desperdiciamos las risas.
Elena, me gusta cómo se abre tu pierna. La sombra que gatea.
No comprendo a Lis. Nuestros caminos tuvieron que separarse.
Dita, brava y apacible. Sus manos son largas, como si quisiera decir que guarda un secreto, pero ya no importa.

jueves, 14 de enero de 2010

Luz

Yo viviría en un país en el que fuera siempre de día, mejor que en uno en que sólo fuera noche.

El amigo

La primera vez que lo vi me dijo que se había casado.
-¿Por qué no me invitaste a la boda?
-No te queríamos molestar -me dijo.
Me pregunto del 1 al 10 cuán amigo debo ser para que me inviten a una boda.

La segunda vez que me lo encontré le felicité por el nacimiento de su hijo. Él me miró como si le hubiera pedido hacerle unas fotos desnudo. Me dijo que Guillermo se había casado.
Me pregunto del 1 al 10 cuán amigo debo ser para no me inviten dos veces a una boda.

Abeja con orejas de lobo

Vukusic me quita el polvo y me sacude como una alfombra. Se encuentra viva en sus libros, saltando en la hoja adelante y atrás. Me habla al oído y se abre paso hasta mi corazón.
(La busqué en facebook, porque no quería perderle la pista. Ella aceptó mi amistad, pero al día siguiente escribió en su blog: "Me he hecho famosa. Los freaks me piden mi amistad en facebook).
Ahora sé que es real, porque no se ha desprendido de la costra de su espalda.
Yo no sé bailar, pero cuando se trata de llevar el ritmo en una hoja yo puedo realizar las peripecias más complicadas.

martes, 12 de enero de 2010

El corredor

A mi me gustaba mucho la natación, pero también he disfrutado mucho corriendo. En el colegio no dejaba que me ganara nadie. Por alguna razón tenía aptitudes, sabía que era mejor. Aunque acabé por pagarlo. Una vez, en una carrerra de larga distancia, me forzé demasiado. Al acabar mi cuerpo estaba temblando, me sentía muy mal. Y cuando llegué a las duchas acabé vomitando. Jamás me había sentido tan fuera de lugar. Me sentía como diez minutos dejado del agua. Finalmente me recuperé; poco a poco volví a la calma. Pero fue muy angustioso. Un terrible mal trago. Ahora creo que tuve mucha suerte, podría haber sido peor. Sobre todo porque años después repetiría la escena en una piscina. Esta vez nadando por gusto y sin ser consciente de que el primer día era recomendable nadar lento. Pero mi corazón siempre se ha mostrado fuerte, en el último momento gira y me salva.

sábado, 9 de enero de 2010

En Montán

Pasábamos el verano en un pueblo de Castellón. Era un pueblo muy pequeño, con empedrado en las calles, pregonero y lleno de gente mayor. Después de comer, cuando todos los padres dormían o dormitaban frente el televisor, los niños salíamos a las calles y era completamente nuestro

Nos juntábamos un grupo de niños. Yo, con mis doce años, era el mayor. Recuerdo que había una chica de mi edad, resuelta y a la que le entraba por el rabillo del ojo. Nosotros éramos muy jóvenes para manejarlo, y tratábamos de involuncrar al resto.

Un día jugamos a la guerra. Nos divimos en bandos. Ella en uno, con casi todos los niños; y yo en otro, con unos pocos. A lo largo de la siguiente hora nos dedicamos a descalabrarnos unos a otros. En un momento dado hicieron un prisionero de mi bando. Me llamaron a gritos por el bosque para que saliera. Yo me presenté, y me pidieron que me rindiera si no quería que fusilaran a su rehén. Sabía lo que estaba ocurriendo y me negé. Entonces la chica contó hacia atrás, esperando que la detuviera. Pero no lo hice, no podía creer seria su amenaza. Y al chico lo apedrearon sin piedad.

jueves, 7 de enero de 2010

La bicicleta

En el colegio teníamos una broma aceptada por todos. Mis amigos contaban conmigo, sólo les pedía que me dejaran prepararme. Cada vez que llegaba un alumno nuevo pasaba por el proceso. En algunas de las pausas se acercan a la víctima, y le decían: "Oye, Paco, ¿por qué no le preguntas a Nacho de qué color es la bicicleta de su abuelo?".

Era tan absurdo, tan inocente, que yo veía al chico cruzar seguro la clase mientras con un gesto calmaba a mis compañeros. El nuevo se sentaba a mi lado y me decía: "Oye, Nacho, ¿de qué color...?" Entonces yo lo miraba muy serio, y con mi expresión más compungida le decía: "Mi abuelo perdió las piernas en la guerra".

Recibía las más sonoras disculpas. Las reacciones podían ser imprevisibles.El chico bien podría irse a pegar al que le hizo la sugerencia. Era una broma en la que toda la clase participaba. Y que la víctima quería protagonizar la vez siguiente.

miércoles, 6 de enero de 2010

Despierto

Lo mejor de escribir es cuando te levantas de la mesa. Los ángeles e infierno que te acompañan. La imaginación dispersa, girando y la luz que no se sujeta. Yo dejé de escribir, pero dentro de mí no podía dejar de hacerlo. No ha sido hasta hace seis años que he podido propiciar un reencuentro. Tenía que escribir hasta convertirlo en algo tan fácil como trazar una línea recta.

Apenas como, mis tripas tantas veces se han comido... No, señor, aquí no hay nada. Ningún pelo en su lugar.

Tú, así era, como una mariposa perseguida por un búfalo en celo.

martes, 5 de enero de 2010

Triste

Las olas iban y venían, igual que anfibios, unos veces en el mar y otras en tierra. Llevábamos tanto tiempo en la arena que veía azul y amarillo.
Laia es hermosa, hoy y creo que entonces. Yo no le pedía más de lo que ella podía darme, pero aún no habíamos conocido un límite. La amaba, quizá como el mar se extendía a lo lejos. Pero sus padres no aceptaban nuestra relación.
Tuve que pasar un fin de semana en su casa para que me conocieran. Y ahora, en la arena, dormían a nuestro lado, que es la forma más cómoda que tenían de tomar el sol. Les gustaba estar muy morenos, y yo trataba que Laia no siguiera su ejemplo.

Las revistas

Habíamos ido a visitar a mi abuelo a Alcoi. Mi madre y sus cuatro hijos. Era una visita relámpago, de fin de semana. Parece mentira de lo que soy capaz de recordar.

Era ya el domingo por la mañana. Nos habíamos levantado temprano para volver a Valencia. Estaba lloviendo, probablemente fuera invierno. En la cocina desayunábamos los cuatro hermanos: Ernesto, Matilde, Román y yo. Los cuatro estábamos muy contentos: rebuscando en casa de mi abuelo habíamos encontrado unas viejas revistas que mi abuelo nos dejaba llevarnos. Nos tenían maravillados.

Mi abuelo miraba orgulloso a sus sobrinos. Estábamos tomando café con galletas, porque en su casa no había cacao. Mi madre entró en la cocina.

-Vamos, daros prisa –nos dijo.

-Déjales –dijo mi abuelo-. Todavía están dormidos.

-¡Huy!, no los conoces –dijo mi madre-. Y no les des más galletas, que luego se marean.

Veíamos poco al abuelo, aunque él y mi madre se llevaban bien. Mi madre nos apremió, aunque luego nos hizo esperar mientras se despedía del abuelo.

Salimos de Alcoi, y poco después pasamos por Concentaina. Nosotros éramos pequeños, unas flores que no se habían abierto. El viaje, que conocíamos muy bien, era muy pesado. Desfilando por entre las montañas y dando mil y una vueltas.

Los cuatro hermanos íbamos leyendo las revistas. Para divertirnos, eligiendo las gotas que se pegaban al cristal para hacer carreras. Pero el viaje era muy pesado. Nuestras cabezas apenas asomaban por encima de los asientos delanteros. Y a la altura de a saber dónde ya no bromeábamos. Mi hermano Román andaba con un color fúnebre hacía unos kilómetros y, sin previo aviso, vomito igual que explota un petardo.

-¿Qué ha pasado ahí detrás? –preguntó mi madre.

“¡Papa, para!”, le dijimos.

Aparcados en arcén, mi madre dijo que diéramos una vuelta para despejarnos. Y se puso a limpiar el coche con nuestras revistas. Después subimos de nuevo para continuar camino. Apenas unos kilómetros más adelante, Román pidió urgentemente a mi madre que parara el coche. Había asomado la cabeza y, sin tiempo para inclinarse, volvió a vomitar con una fuerza y violencia inusitadas. Mis hermanos y yo salimos del coche. Ernesto se puso también a vomitar.

-¿Sabéis qué? –nos dijo mi madre-. ¿Por qué no aprovechamos y cogemos unos caracoles?

Nos dio una bolsa y nos metimos en la maleza a buscarlos.

De nuevo en la carretera, aquel viaje parecía que no iba a tener fin. No sé qué nos pasaba. El calor, las curvas, una emisora de radio mal elegida... No lo sé. Paro el caso es lo mismo. Román volvió a vomitar dentro del coche. Lo suyo empezaba a convertirse en algo prodigioso. Y lo peor es que empezaba a encontrar aliados. Matilde vomitó sobre el cristal de la ventanilla.

-¡Está bien! –dijo mi madre-. Voy a acabar enfadándome. ¿Se puede saber qué es lo que os pasa?

Aparcamos en el arcén, y mi madre nos hizo salir a todos. Dijo que nos diéramos una vuelta. Y se afanó en limpiar en coche con nuestras revistas. Yo me encontraba muy cansado. Mis hermanos también. Nos manteníamos a una distancia de seguridad del coche. Paseábamos por la maleza. No queríamos volver a montar. Sin embargo, mi madre estaba empeñada en que regresáramos. Ella, que era muy graciosa, nos dijo:

-No os vayáis tan lejos. Por ahí puede haber arenas movedizas.

En dos saltos, los cuatro hermanos estuvimos de nuevo dentro del coche. Ya no teníamos ganas de bromas. Nos habíamos quedado sin revistas. Ni siquiera hablábamos entre nosotros. Matilde se puso a dormir con la cabeza recostada en mis rodillas. Los caracoles se habían salido de bolsa y andaban por todo el coche. Ya nada nos importaba. Nos vencía el cansancio. Queríamos llegar. Pero Matilde levantó la cabeza de mis rodillas y, aún dormida, vomitó sobre mis pantalones. Y entonces no pude aguantar más. Yo también me puse a vomitar.