martes, 5 de enero de 2010

Las revistas

Habíamos ido a visitar a mi abuelo a Alcoi. Mi madre y sus cuatro hijos. Era una visita relámpago, de fin de semana. Parece mentira de lo que soy capaz de recordar.

Era ya el domingo por la mañana. Nos habíamos levantado temprano para volver a Valencia. Estaba lloviendo, probablemente fuera invierno. En la cocina desayunábamos los cuatro hermanos: Ernesto, Matilde, Román y yo. Los cuatro estábamos muy contentos: rebuscando en casa de mi abuelo habíamos encontrado unas viejas revistas que mi abuelo nos dejaba llevarnos. Nos tenían maravillados.

Mi abuelo miraba orgulloso a sus sobrinos. Estábamos tomando café con galletas, porque en su casa no había cacao. Mi madre entró en la cocina.

-Vamos, daros prisa –nos dijo.

-Déjales –dijo mi abuelo-. Todavía están dormidos.

-¡Huy!, no los conoces –dijo mi madre-. Y no les des más galletas, que luego se marean.

Veíamos poco al abuelo, aunque él y mi madre se llevaban bien. Mi madre nos apremió, aunque luego nos hizo esperar mientras se despedía del abuelo.

Salimos de Alcoi, y poco después pasamos por Concentaina. Nosotros éramos pequeños, unas flores que no se habían abierto. El viaje, que conocíamos muy bien, era muy pesado. Desfilando por entre las montañas y dando mil y una vueltas.

Los cuatro hermanos íbamos leyendo las revistas. Para divertirnos, eligiendo las gotas que se pegaban al cristal para hacer carreras. Pero el viaje era muy pesado. Nuestras cabezas apenas asomaban por encima de los asientos delanteros. Y a la altura de a saber dónde ya no bromeábamos. Mi hermano Román andaba con un color fúnebre hacía unos kilómetros y, sin previo aviso, vomito igual que explota un petardo.

-¿Qué ha pasado ahí detrás? –preguntó mi madre.

“¡Papa, para!”, le dijimos.

Aparcados en arcén, mi madre dijo que diéramos una vuelta para despejarnos. Y se puso a limpiar el coche con nuestras revistas. Después subimos de nuevo para continuar camino. Apenas unos kilómetros más adelante, Román pidió urgentemente a mi madre que parara el coche. Había asomado la cabeza y, sin tiempo para inclinarse, volvió a vomitar con una fuerza y violencia inusitadas. Mis hermanos y yo salimos del coche. Ernesto se puso también a vomitar.

-¿Sabéis qué? –nos dijo mi madre-. ¿Por qué no aprovechamos y cogemos unos caracoles?

Nos dio una bolsa y nos metimos en la maleza a buscarlos.

De nuevo en la carretera, aquel viaje parecía que no iba a tener fin. No sé qué nos pasaba. El calor, las curvas, una emisora de radio mal elegida... No lo sé. Paro el caso es lo mismo. Román volvió a vomitar dentro del coche. Lo suyo empezaba a convertirse en algo prodigioso. Y lo peor es que empezaba a encontrar aliados. Matilde vomitó sobre el cristal de la ventanilla.

-¡Está bien! –dijo mi madre-. Voy a acabar enfadándome. ¿Se puede saber qué es lo que os pasa?

Aparcamos en el arcén, y mi madre nos hizo salir a todos. Dijo que nos diéramos una vuelta. Y se afanó en limpiar en coche con nuestras revistas. Yo me encontraba muy cansado. Mis hermanos también. Nos manteníamos a una distancia de seguridad del coche. Paseábamos por la maleza. No queríamos volver a montar. Sin embargo, mi madre estaba empeñada en que regresáramos. Ella, que era muy graciosa, nos dijo:

-No os vayáis tan lejos. Por ahí puede haber arenas movedizas.

En dos saltos, los cuatro hermanos estuvimos de nuevo dentro del coche. Ya no teníamos ganas de bromas. Nos habíamos quedado sin revistas. Ni siquiera hablábamos entre nosotros. Matilde se puso a dormir con la cabeza recostada en mis rodillas. Los caracoles se habían salido de bolsa y andaban por todo el coche. Ya nada nos importaba. Nos vencía el cansancio. Queríamos llegar. Pero Matilde levantó la cabeza de mis rodillas y, aún dormida, vomitó sobre mis pantalones. Y entonces no pude aguantar más. Yo también me puse a vomitar.

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