martes, 5 de enero de 2010

Triste

Las olas iban y venían, igual que anfibios, unos veces en el mar y otras en tierra. Llevábamos tanto tiempo en la arena que veía azul y amarillo.
Laia es hermosa, hoy y creo que entonces. Yo no le pedía más de lo que ella podía darme, pero aún no habíamos conocido un límite. La amaba, quizá como el mar se extendía a lo lejos. Pero sus padres no aceptaban nuestra relación.
Tuve que pasar un fin de semana en su casa para que me conocieran. Y ahora, en la arena, dormían a nuestro lado, que es la forma más cómoda que tenían de tomar el sol. Les gustaba estar muy morenos, y yo trataba que Laia no siguiera su ejemplo.

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