martes, 6 de abril de 2010

Ahora

Necesito la ciudad. Mucho más que el aire o el amor. En Valencia no tengo cuerpo y ni siquiera necesito las palabras, porque mi pensamiento es un verbo preciso.
Siempre, a la vuelta, cuando el autobús recoge sus hijos, hay alguien con el rostro tan forzado como los pies de una bailarina. Que con su áspera voz vomita pestes sobre la vida. Que miente de forma nauseabunda. Son unos ignorantes que fueron incapaces de dar una palmada con vida dentro. Y cuando recorro los bares ya he empezado a parecerme a ellos.

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