miércoles, 19 de mayo de 2010

Fresa y chocolate

E bailaba en la discoteca. Era la segunda que visitábamos esa noche. Desde que H se había marchado habíamos estado juntos cada día. Tendría que haber ocurrido. Desde que abría la puerta de casa y la vi me había quedado prendado. Y después, cuando se vino a vivir con nosotros, su presencia era como el fuego que revelaba el mesaje oculto de mi relación con H. H se había marchado, pero yo no había querido pensar en E, porque sabía que ocurriría lo mismo que con ella.
Ahora estábamos en la noche antes de su partida. Yo sabía que E esperaba algo, pero yo me sentía ya con el corazón destrozado. Me acerqué y le dije que me iba con J. Ella me preguntó si ya no la vería. Le dije que no, que por la mañana le ayudaría a ir al aeropuerto.
E y yo nos despedimos al día siguiente frente a un taxi con las puertas abiertas. Yo regresé a casa y volví a acostarme. Cuando me levanté sentía un vacío. Todos en la casa en cierta medida sentíamos que una parte de nuestras vidas había quedado atrás.
Esa tarde P se presentó en nuestra casa. Había estado enamorado de E desde el principio, aunque ella no le había hecho caso. Se sentó en nuestro sillón y miró la tele. Porque él, que provenía de una isla, había sido castigado sin ver el mar.

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