martes, 27 de julio de 2010

Ida y vuelta

Bajé a Valencia en el autobús de las seis y media, me daba tiempo de comprar rápido unos libros y volver a subir en el mismo.
En la ida entablé conversación con un hombre con un estuche de violín.
-¿Por qué Sherlock Holmes tocaba mal el violín? -le pregunté.
-¿Tocaba mal? -me miró-. No lo sabía.
Me pareció enternder que no le importaría que continuasemos hablando.
-Sí, Watson siempre se quejaba de que era insufrible.
El hombre rió.
-Quizá porque dedicaba mucho tiempo a los crímenes, y no tenía tiempo para ensayar. Pero por su mente deductiva tendría que haber sido buen músico.
El hombre era rumano, pero hablaba muy bien el español; lo que me confirmó lo mucho que tienen nuestras lenguas en común. Yo me interesé porque un violinista recorriera España, y a él le se le iluminó el rostro cuando me retaló lo feliz que se sentía cuando la gente lo rodea.
-¿Qué es lo que les tocas? -le pregunté-. Porque tú sabes cuando se trata de algo de magia y otras sólo de una melodía bonita.

Nos depedimos en Nuevo Centro y me moví rápido hacia la Pirámide. No me permití un cigarrillo en el camino. Sabía que tendría que agotar mi tiempo en que el dependiente encontrara los libros que buscaba y en El Corte Ingles no suelen saber dónde se ecuentra algo fuera de las novedades. Al final me tuve que ir con sólo un libro porque el autobús estaba a punto de pasar.

En la parada había un grupo de señoras mayores que estaban un poco apartadas, bajo la sombra. Entre ellas, un hombre con gorra y mochila, e incoscientemente pensé que iban juntos y llegaban de un viaje. El hombre estaba muy borracho, iba mal afeitado, tenía los labios hundidos y pequeños y feos tatuajes en los brazos y piernas, trataba de encenderse un cigarrillo pero el viento le apagaba el mechero. Le pidió ayuda a una de las mujeres y una rubia y de piel lechosa, como son algunas valencianas, le arrancó el cigarro de la boca con un gesto duro y feo y lo lanzó al suelo. Las mujeres estaban escandalizadas, el hombre apenas se tenía en pie, y se preguntaban cómo iba a llegar a casa, porque dudaban que viviera en Lliria, como les había dicho.
-¿Por qué no miran su carnet, y así saben dónde vive? -les dije.
La mujer rubia me dijo que ella no era nadie para pedirle el carnet.
-Creía que iban juntos.
-No, a este hombre no lo conocemos de nada. Se encontraba aquí cuando llegamos.
-¿Sabeís por qué ando así? -dijo el hombre-. Porque me han cortado los talones.

Llegó mi autobús y subí el primero, para mi sorpresa el hombre subió y pidió un billete para La Pobla. Se sentó al otro lado del pasillo y cuando salimos de la ciudad se encontraba dormido y a punto de caerse.
-Despierte -le mecí-. Se va a caer.
El hombre acaparaba la atención del autobús y unas señoras que iban detrás de mí hablaban sobre él.
-Cuando entró ya me pareció raro -dijo una-. No sé si está borracho o le pasa algo.
-Está borracho -les confirmé.
El autobús giró en una rotonda y el hombre se fue de cabeza a la ventana. "¡Madre de dios!", escuché. Por el pasillo se acercó una mujer y trató de despertarlo. El hombre no se enteraba de lo que pasaba y la mujer lo dejó por imposible. Pasamos junto a un control de la guardia civil y les dije a las mujeres:
-Deberíamos hacerle soplar.
Las señoras rieron.

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