domingo, 22 de mayo de 2011

El hermano

Tenía siente años cuando mi madre me anunció que iba a tener un hermano.
-¿Cómo lo sabes?
-Es algo que una madre sabe.
Tanto ella como mi padre se mostraban felices. Y, para celebrarlo, papá no dejaba de aparecer con pasteles y helados.
La barriga de mi madre fue creciendo. Me dejaba tan hipnotizado que al cabo de unas semanas era incapaz de disimularlo. Mi madre, en un intento de tranquilizarme, me dijo una tarde:
-Ven, pon tu mano aquí.
Llevó mi mano a su barriga.
-¿Sientes algo?
-No.
-Espera un momento. ¡Ahora! ¿Lo has sentido?
-Sí –dije-. Ha dado como una patada. ¿Te duele?
-Me hace sentir muy bien.
-¿Y por qué lo ha hecho?
-Porque está durmiendo. Supongo que ahora se ha dado la vuelta.
Mi madre cambió los pantalones por blusas y junto a papá salíamos a pasear por el parque. Mis padres se sentaban en un banco y yo me iba a los columpios a jugar con el resto de niños.
Una noche, mientras mi padre me arropaba, le pregunté si el bebé que estaba esperando mamá era un chico o una chica.
-Todavía no lo sabemos –dijo mi padre-. ¿Te gustaría venir a averiguarlo con nosotros al hospital? Lo veremos en una pantalla de televisión.
Esa noche me costó dormirme; no pude quitarme de la cabeza que iba a ver a mi hermano por televisión.
Al día siguiente fuimos al hospital y nos hicieron esperar en una sala llena de mujeres en el mismo estado que mi madre. Era verano, y en el hospital se estaba fresco, pero algunas de aquellas mujeres se daban aire con un abanico. Cuando nos hicieron pasar le pidieron a mi madre que se tumbara en una camilla y se abriera la blusa.
-Este gel puede resultarle frío –dijo a mi madre la enfermera-. Notará el cambio al principio.
Extendió el gel por la barriga de mi madre y luego con un aparato dio vueltas arriba y abajo. Yo miraba la pantalla. Se veían puntos y líneas. Y no era en color. Yo no veía nada, pero la enfermera dijo que el bebé se encontraba en perfecto estado. Y nos preguntó si queríamos conocer el sexo del niño.
-A eso hemos venido –dije.
La enfermera me miró y me dijo:
-En ese caso, vas a tener un hermanito. ¿Ves el monitor? Esas son sus manos y aquí están los dedos de sus pies, y no hay duda, va a ser un chico.
Yo regresé a casa un poco decepcionado. Era el único que no había conseguido ver a mi hermano. Mis padres estaban muy contentos y, para animarme, mamá le dijo a papá que fuera a comprar helado.
Los meses que siguieron la barriga de mi madre no dejó de crecer, hacia abajo y hacia los lados. La tarea más simple se convertía en una odisea. Para sentarse debía de hacer complicados cálculos y para levantarse nos pedía ayuda.
Me habían contado que el embarazo dura nueve meses. El último mes mi madre dejó el trabajo. Se había comprado un abanico e iba y venía del hospital. Papá dejó de comprar dulces y de repente a mi madre le dio por comer ensaladas.
Y llegó el día. Una tarde mi madre se quejó de dolores y papá se fue con ella al médico. Papá regresó por la noche. Descamisado y con una gran sonrisa.
-¿Qué ha sucedido? –pregunté.
-Tu madre ha tenido un hijo –dijo-. Tenía el pelo tan largo que parecía azul. Se lo han cortado y ahora están durmiendo en el hospital. Mañana, si quieres, iremos a verles.
Menuda noche me dio mi padre. Tardé por lo menos una hora en dormirme. Me imaginé de un millón de formas a mi hermano.
De nuevo en el hospital, de la mano de mi padre, fuimos hasta el ala de maternidad. Mi madre estaba en la cama, con pinta de no haber dormido y en sus brazos sostenía la cosa más pequeña y sonrosada que pudiera imaginar. Mi hermano dormía. No le molestaba ningún ruido. Tenía los labios cerrados y estoy seguro que no se daba cuenta de nada.
Al cabo de unos días, mi madre salió del hospital y regresó a casa. Papá había comprado una cuna y mi hermano dormiría con ellos. En realidad dormía la mayor parte del tiempo.
Mi hermano había nacido tan fuerte y sano que cuando se ponía a llorar te enterabas desde la otra punta de la casa. Tan sólo una cosa lo calmaba: que mi madre le diera de comer. Dormir y comer le ocupaba todo el día.
Tras un mes mi hermano comenzó a comunicarse con nosotros. Aunque sus intentos eran parecidos a los de un gato al que han pisado la cola. Mis padres desearon inmortalizar el momento y me pidieron que hiciera reír a mi hermano. Mientras él posaba para la cámara, yo hacía el tonto alrededor de la cuna. Aquello le provocaba estruendosas carcajadas. Se reía y se lo pasaba en grande. Yo estaba dispuesto a que mi hermano saliera favorecido. No me costaba esfuerzo.
Mi hermano me tenía encandilado. Les dije a mis padres que cuando creciera no quería tener hijos, porque ninguno sería tan maravilloso como él.
Luego, cuando nació mi segundo hermano, me di cuenta de de mi pobre razonamiento. Todos los niños son adorables de pequeños. Uno puede pasarse horas jugando con ellos. Hacen de cada instante único. Te sientes especial, bendecido.

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