viernes, 24 de junio de 2011

Es un placer volver a verles

Mis padres se conocieron en un baile hace cien años, y para ellos es como si hubiera ocurrido ayer. No sólo porque se quieren mucho, sino porque visten igual que el siglo pasado.
A ninguno de los dos les gusta mucho el sol. Se pasan el día durmiendo y, claro, cuando ha anochecido, con los puestos cerrados, solemos hacer las compras en las tiendas de veinticuatro horas.
Tengo una hermana, Leonor, que asiste a la universidad nocturna. Su deseo es estudiar medicina y convertirse en una gran cirujana. Yo no me veo capaz, sólo con pensar en la sangre me pongo enfermo.
Yo soy el raro de la familia. Nunca he sido como ellos.

Solemos mudarnos con frecuencia de ciudad. Nos trasladamos de noche, y normalmente con el ruido los vecinos suben a quejarse. Mi padre es el que les atiende a la puerta. No lo había contado, pero mi padre tiene una sonrisa deslumbrante.
En vacaciones siempre vamos a Rumania, a una región que se llama Transilvania. Tengo allí una familia tan numerosa como extraña; viven en castillos perdidos, usan pelucas blancas y les encantan los bailes a la luz de las velas. Todos se han preocupado siempre mucho por mí.
“Enséñanos los dientes”, suelen decirme, como si yo fuera una especie de caballo. Y total para nada. Luego se desilusionan cuando comprueban que son de lo más corriente.
Dejando aparte un poco éstos detalles, hablaré más de mí. He ido a tantos colegios que no me cuesta hacer amigos. Pero si algo he aprendido es a evitar que conozcan a mi familia, ya que lo que no me gustaría que se lleven una impresión equivocada.
La gente dice que suelo ir desarreglado, con los pelos de cabeza como si tuviera nidos y ramas. Pero no es mi culpa: en casa no tenemos espejos.
Que sea diferente al resto de mi familia nunca me preocupó. De hecho mis padres han tendido a sobreprotegerme. Pero hará cosa de un mes noté ciertos cambios.
Yo, que siempre había sido inquieto, percibí de pronto una gran calma y serenidad. Sentí cierta afinidad hacia los insectos, y, de alguna manera, yo parecía atraerles a ellos. ¡Quién me hubiera dicho que me detendría a apreciar una insignificante y simple cucaracha!

Me siento como si el reloj de arena hubiera dado la vuelta. Imagino que mi vida va ser muy diferente a partir de ahora, con esa sonrisa terrible que se me ha puesto.
Mis padres y mi hermana están muy ilusionados. Me han dicho que en nuestro próximo viaje a Transilvania voy a ser el centro de todas las conversaciones, y que enseguida van a escribirles para que no les pille por sorpresa. Estoy ilusionado, si debo de ser sincero, sentía que esperaban más de mí.
Mi hermana me ha dicho que me van a agasajar con regalos. Que cuando le ocurrió a ella estuvo flotando en una nube y que su vida desde entonces ha ido a mejor.
No sé exactamente en qué consiste el “toque”. Supongo que está relacionado con que cada vez me pareceré más a mi familia. Lo cual, debo de reconocer, no me disgusta en absoluto.
Yo, por mi parte, me alegro cuando llega el atardecer. No es sólo es que vaya a ver a mis padres, es que por fin entiendo lo que no ha dejado de repetirme a lo largo de todos estos años: que las noches son hermosas como un diamante negro.
A quien más va gustar todo esto es a mis amigos. Ya lo verán.

-Qué horribles errores. Todo lo antiguo es negro.

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