sábado, 31 de agosto de 2013

No estoy dispuesto a que todas esas mujeres solo pasen por delante.

jueves, 15 de agosto de 2013

Hay un vídeo en Youtube con Anne Sexton en castellano. Está grabado en su casa y en ella se ve a su marido y a su hija mayor, con los que la relación era difícil, pero que, ante las cámaras, ella simula que es perfecta. En un momento dado lee su poema “Menstruación a los cuarenta”, con la voz afectada, algo de lo que luego habla con los que la están filmando, pero que a mí me fascina por lo que tiene de mostrármela, acercarla en el tiempo. Anne habla con los de la cámara, coquetea con ella, el encanto del que tanto han hablado está ahí presente. Hacia el final pone música, una composición clásica, y se emociona con un pasaje, un poco simple e infantil, quizá no sabía mucho de compositores o no se escucha bien, pero te entran ganas de abrazarla, cogerle de la mano y dejar que te lleve a cualquier lugar que quiera; aunque sepas todo de ella.

jueves, 8 de agosto de 2013

Cada día, cuando a las cuatro salgo de casa para ir a la biblioteca, paso por delante de un hombre muy mayor que, con una silla delante de su casa, está al fresco. No menos de cuatro veces repetía el camino, él se dio cuanta de mí y yo de él. Y esta semana, como si ambos lo supiéramos, como si hubiéramos recobrado la amabilidad, le saludé en el mismo momento que notaba que yo ya no era una persona anónima y a la vez él estaba esperando con el brazo temblando para levantarlo y saludarme, tal vez porque los dos vemos en el otro algo que no tenemos. Ahora, cada vez que nos cruzamos, nos decimos unas palabras.

martes, 6 de agosto de 2013

Los primeros poetas

Éramos unos chiquillos. Cinco jóvenes arrogantes a los que les gustaba la literatura y que una noche decidieron quedar para leer a sus poetas preferidos.
Elegimos “La cámara caliente”, que era el nombre de mi sótano. Punto de reunión y desde el que conspirábamos contra ese mundo rutilante de la adolescencia, lleno de promesas y posibilidades.
Cada uno de nosotros había traído dos o tres libros. Una sonrisa pícara aleteaba por escapar de nuestros rostros. Era una fecha nueva, como el día de una revolución. Y sabíamos que se trataba de algo serio. Un punto sin retorno.
A un lado estaban los libros, y frente a ellos botellas de alcohol. Nosotros esperábamos en el centro. Dispuestos para el bautizo. En aquellas edades nuestra sangre contenía tales venenos que necesitábamos el aire más puro que conocíamos.
Se empezó con Bécquer. Nos pasábamos el libro y leíamos unos poemas. Eran escritos en aquel momento, para nosotros. En nuestras cabezas tintineaba alguna chica y los labios se nos ponían rojos.
Leíamos en voz alta, para conjurar una promesa como un sello del destino. Un minuto de silencio para el mar.
Conocíamos los poetas simbolistas franceses. Baudelaire, Apollinaire, Rimbaud, Verlain... Sus poemas eran diferentes. Una puerta al amor desde dentro. A la sabiduría y locura como formas de vida irremplazables.
Pero entonces alguien sacó de su bolsillo un poema arrugado, y quiso leerlo al resto. Era una línea que cruzaba Valencia y se perdía en el infinito. Causaba alborozo, desnudez y fragilidad.
Creábamos vida a la manera de los dioses; imperfecta, pero real. No seguíamos una regla porque era un inicio.
Cuando acabó, el resto sacamos nuestros poemas, como asesinos, dispuestos a llenarnos las manos de sangre.
Y el mundo ya no volvió a ser el mismo.

sábado, 3 de agosto de 2013

Los veo por el pueblo: son jóvenes parejas, por debajo de la edad, que bajan desde los chalets a pasar la noche. Ellas han aceptado porque han visto algo en él que incluso el propio joven ignora. El único interés de ellos es no parecer idiotas (aún están nerviosos) y de mostrarle que están en el mundo de algún modo.